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La elección del portero perfecto

Un portero físico es en estos momentos un lujo que pocas fincas pueden permitirse. Los porteros automáticos y los videoporteros constituyen actualmente la opción mayoritaria de los inmuebles residenciales.

La elección entre el portero físico o el automático es cosa del pasado. Ahora el debate de las comunidades de vecinos se centra en sustituir el modelo antiguo de portero automático por un videoportero moderno o un sistema de última generación con infinidad de prestaciones y servicios. Las nuevas propuestas permiten la conexión al televisor o al ordenador de la vivienda del inquilino para que éste vea a través de sus pantallas quién llama, y si decide abrir, lo haga con un mando a distancia. Estamos en la era de la tecnología digital, y esta disciplina entra con fuerza en todos los ámbitos de la sociedad, convirtiendo en obsoletos recursos que revolucionaron el mercado años atrás. 

Las nuevas construcciones suelen incorporar videoporteros de gamas variadas en virtud del tipo de edificio. Las viviendas de alta gama incluyen sistemas domóticos, con posibilidad de visualizar todos los movimientos registrados en el portal a través de grabaciones, mientras que los edificios de gama media se conforman con un videoportero. 

Sin embargo, dentro del mismo concepto, la oferta también se diversifica en cuanto a calidades, precios y prestaciones. En general, no es aconsejable, escoger el equipo más económico, que ofrecerá imágenes en baja resolución, con una nitidez, contraste y brillo mal calibrados, que pueden llegar a impedir la identificación de la persona que ha tocado el timbre. Lo más recomendable, antes de adquirir un videoportero, es comprobar la calidad de sus imágenes. Es imprescindible que se aprecie perfectamente el aspecto y la fisonomía de la persona que llama a la puerta. De otro modo, este aparato pierde su funcionalidad y su sentido. 

Una especie en extinción

El mercado se encarga de reinterpretar figuras y oficios de antaño que han sido desplazados por las nuevas tecnologías, situándolos en un nuevo rango. Esto es lo que ha ocurrido con el portero físico. Si hace tres décadas buena parte de los inmuebles tenía portero, actualmente éste sólo se mantiene en los edificios cuyos propietarios disponen de un alto poder adquisitivo. Los argumentos a favor de esta figura son evidentes: La seguridad y confianza que ofrece una persona al cuidado del edificio no son comparables con el servicio del portero automático más puntero. La razón en contra está relacionada con la dificultad de los propietarios para soportar su coste, pues son estos los que tienen que asumir su sueldo y proporcionarle una vivienda. 

Sin embargo no es sólo económico el motivo por el que esta figura tiende a desaparecer. La realidad es que son pocos los jóvenes del siglo XXI que vislumbran el oficio de portero como un trabajo con proyección de futuro, y los que están en activo actualmente superan la media de los 50 años. Algunas comunidades de vecinos que todavía disponen de portero físico, y a las que les cuesta afrontar este gasto, se plantean la posibilidad de sustituirlo por un dispositivo electrónico más acorde con los nuevos tiempos. Para llevar a efecto esta propuesta, es necesario que las tres quintas partes del total de propietarios estén de acuerdo con esta decisión. 

Otras alternativas 

El portero físico no sólo se encarga de la seguridad, de vigilar y controlar quién entra en el inmueble, sino que también limpia las áreas comunes del mismo y realiza sencillas labores de mantenimiento. Algunos edificios de lujo que han prescindido de esta figura, pero que no quieren renunciar a las ventajas de tener una persona al cuidado del inmueble, optan por la contratación de un conserje. Éste realiza funciones parecidas a las del portero tradicional, a excepción de la limpieza y mantenimiento, tareas que suelen encargarse a empresas especializadas. 

Las principales diferencias entre el conserje y el portero físico están en que el primero es una persona ajena a la finca, que no permanece en la misma una vez finalizada su jornada laboral. La relación del conserje con los vecinos no es tan estrecha como la que se establece con un portero tradicional, que en muchos casos realiza tareas más personales, por la familiaridad adquirida con los inquilinos, al vivir en la propia finca.  

 

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