El concepto “calidad de vida” en el tema de la vivienda es siempre subjetivo. Depende exclusivamente de las necesidades y preferencias del usuario. Los aspectos que destacan como beneficiosos los partidarios del chalet devienen rasgos negativos para sus detractores.
Las ventajas del chalet parecen claras: no hay vecinos puerta con puerta, por lo que la intimidad de la familia es mayor que en el piso de ciudad; su construcción suele ligarse a las poblaciones periféricas y al campo, un dato que implica gran desconexión con el ritmo y la vorágine urbanas; la incorporación de una parcela en la que desarrollar una pequeña, mediana o gran zona ajardinada que permite disfrutar de la naturaleza y del exterior, algo que se agradece mucho con la llegada de la primavera; y su gran potencial en cuanto al espacio disponible.
Las viviendas unifamiliares o chalets no ofrecen los incómodos y frecuentes trastornos que soportan los vecinos de muchos inmuebles en los que la proximidad de las distintas viviendas les obliga a tolerar costumbres o situaciones que les causan molestia: Encender el televisor a primera hora de la mañana, escuchar la música con un volumen muy alto, saber cuáles son los menús del día por los olores que las cocinas despiden a los patios interiores, evitar asomarse al balcón cuando el inquilino del piso superior riega las plantas, escuchar conversaciones o discusiones de tono elevado…Todas esas cuestiones que convierten la intimidad en una caricatura de si misma y que obligan a la persona a aceptar las rutinas de los demás para mantener una convivencia respetuosa y tolerante.
Estos aspectos desaparecen cuando se opta por un chalet, y de hecho buena parte de los usuarios que han escogido el modelo, atribuyen su elección a la mayor sensación de libertad que otorga la no proximidad de los vecinos. Según la última encuesta de Condiciones de Vida, realizada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), con datos de 2006, un 26,7% de los hogares españoles sufren por ruidos de vecinos o de la calle. Respirar el aire puro, acostumbrarse al sonido del silencio, disfrutar de una cena estival en el jardín y contar con un garaje propio son algunos de los valores que subrayan los partidarios del chalet, y que para los detractores del mismo se convierten, a excepción del último, en sus principales inconvenientes.
Cuestión de gustos
Un estudio publicado por un fabricante de yesos a principios de 2007, con encuestas realizadas en 2006, mostró que los españoles prefieren un piso en el centro de la ciudad que un chalet en las afueras, aunque esto suponga una reducción del espacio disponible. El informe confirmó que el 90% de los españoles vive en pisos en los núcleos urbanos mientras que sólo el 10% lo hace en viviendas unifamiliares.
Aunque los datos pueden haber cambiado a lo largo del año pasado, no es probable que la tendencia se haya invertido. Las razones que apuntan los usuarios en contra del chalet son las mismas que sus partidarios esgrimen como ventajas: la tranquilidad de vivir fuera de la ciudad se convierte para los primeros en aislamiento y además implica una excesiva dependencia del coche, un aspecto que valoran como negativo, pues vinculan la calidad de vida con la cercanía a las zonas de actividad comercial, cultural, social, institucional y sanitaria. Desde esta posición, incluso la proximidad de los vecinos puede ser positiva -pese a la cuota de problemas y molestias que implica- pues otorga una sensación de protección frente a los robos y una posibilidad de asistencia y ayuda en caso de accidentes en el hogar, enfermedades o situaciones imprevistas. Otra característica que apunta la sección crítica del chalet es la distribución del espacio, sustentada siempre en las dos plantas. Esto obliga al inquilino a subir y bajar escaleras constantemente, algo que a la larga resulta muy incómodo.
En realidad, todo depende de lo que busque el usuario y de su propia idea acerca del bienestar. La elección de una u otra propuesta también se relaciona con las aficiones y la forma de emplear el ocio, así como con el tipo de personas que integran el núcleo familiar. El cambio del piso de ciudad al chalet requiere cierto proceso de adaptación, pero una vez superada esta etapa, prácticamente ningún usuario volvería al bloque de viviendas urbano.
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